Una crítica a los orígenes del capitalismo

Valoración breve sobre Historia Económica Mundial: una introducción breve, por Robert Allen

Omar Lazreg Mas

10/23/20234 min read

Claramente, existe un ardiente debate entre cuáles son las causas que llevan a los países a convertirse en ricos y, asimismo, si existen razones que nos puedan ilustrar acerca de la imposibilidad que ciertos territorios han mostrado a la hora de desarrollarse y crecer económicamente como ya lo hicieron otros tantos hace más de dos siglos.

Es evidente que salarios elevados permiten un mejor nivel de vida allá donde estos se encuentren, y, al margen de afirmar que los salarios eran más elevados en un lugar o en otro, debemos responder a la pregunta de por qué se da esa situación. Los salarios en una economía de mercado libre no dependen de una única variable —la demanda de trabajo sea superior a la oferta— sino de la capitalización que posea una sociedad. Tras la muerte de un tercio de la población europea durante la peste negra, se produjo una divergencia institucional que, a simple vista, puede parecer inocua, pero a largo plazo forma parte de esos azares históricos que posteriormente caracterizarán a los países ricos. La enfermedad sacudió duramente el régimen feudal. A partir de este momento comenzaron a subir los salarios.

En segundo lugar, es en Inglaterra también donde se da la primera revolución que disminuye el poder efectivo del Estado y garantiza derechos individuales (Revolución Gloriosa, 1688), lo cual, a pesar de no convertir a Inglaterra en un gobierno plural atendiendo a criterios actuales, sí consigue instaurar derechos de propiedad que son completamente necesarios para la innovación y el crecimiento, así como los incentivos adecuados para el ahorro y la baja preferencia temporal, indispensables para una sociedad próspera. Por tanto, efectivamente, en este punto, los salarios elevados facilitan el crecimiento económico en tanto en cuanto satisfacen las necesidades más básicas, pero esos mismos salarios y tiempos de riqueza se han dado en repetidas ocasiones durante toda la historia, siendo el argumento, por ende, insuficiente.

Mayor insuficiencia demuestra por sí sola la relación entre energía barata y capital, siendo imposible aceptar esta afirmación a efectos praxeológicos, pues significaría aceptar la pobreza de ciertos países de manera indefinida. Dada la brevedad del presente ensayo, simplemente exponer que el hombre que actúa distingue el tiempo anterior a la satisfacción de una necesidad y el tiempo durante el cual la necesidad queda satisfecha (Mises, 1947). Podemos llamar periodo de producción al tiempo exigido por el trabajo más el tiempo necesario de maduración, y periodo de utilidad al tiempo que esa producción generará cierto servicio. Evidentemente esa utilidad será diferente dependiendo del bien en cuestión, pudiendo denominar duraderos aquellos con tiempo de utilidad mayor. Podemos concluir por ahora, que solo se producirán estos bienes duraderos si se dan mínimo tres condiciones. La primera, que la acción humana valore en más el bien futuro que el bien presente. La segunda, que exista una acumulación de capital que permita la subsistencia durante el periodo de producción. Y finalmente, la seguridad de poder obtener un beneficio a través del sacrificio presente, garantizada a través de unas instituciones que aseguren la propiedad privada. Resulta indefendible afirmar que la rentabilidad depende únicamente de salarios y precios de la energía, pues conlleva aceptar que la economía se trata de un sistema en equilibrio, nada más alejado de la realidad.

Respondidos los principales argumentos que respaldan el edificio epistemológico de Allen, se puede concluir que energía, salarios elevados y su relación con el capital es absolutamente insuficiente para explicar la revolución industrial y la prosperidad de Occidente, pues la acumulación de capital depende tanto del empresario como de las instituciones (Daron Acemoglu, James Robinson, 2012) y de la sociedad, dado que una sociedad cuyas ideas no son partidarias de la libertad individual, el capitalismo y el respeto a la propiedad privada está abocada al fracaso en el largo plazo.

La política arancelaria simplemente sirve para redirigir los ingresos de sectores productivos de la población hacia sectores improductivos, creciendo unos sectores a costa de otros. Creer que la economía crece gracias a aranceles es un craso error; crece no gracias a ellos, sino a pesar de ellos, además de fomentar el estancamiento debido a la nula competitividad externa. En cuanto a los transportes, el 25% de vías de ferrocarril inglesas y autopistas más concurridas fueron impulsadas por el sector privado, previo al monopolio gubernamental (Jackman, 1916). El Estado puede crear las vías que considere pertinentes, pero debido a la imposibilidad del cálculo monetario (Murray Rothbard, 1962), desconocemos la rentabilidad de dichas vías. Por ejemplo, sí podemos saber que España ha invertido unos 55.000 millones de euros en RENFE, y a pesar de que el 60% del billete está subvencionado, solo lo utilizan 6000 personas/km de vía, a diferencia de Japón, por ejemplo, donde se encuentra en 150.000/km (Albalate y Germà, 2011). En cuanto a la estabilidad de la moneda, se puede comprender que a finales del XVII y durante el XVIII la ciencia económica se encontrara en un estado incipiente, incapaz de comprender cómo la emisión monetaria expansiva podía crear los ciclos económicos que ulteriormente dieron lugar a la depresión del 29 y la crisis del 2008. GB trató de solucionar el problema mediante la Peel Act de 1844⎯ sin éxito⎯, en la cual existió un acalorado debate entre la escuela monetaria y la escuela bancaria, estando está última completamente equivocada. Por último, que la educación es importante no cabe duda alguna, pero no se puede inferir que deba ser pública. Sin embargo, sí podemos recordar la cita de Johann Fichte (1807), y recordar que el objetivo del Estado es siempre moldear al estudiante con las ideas que el gobernante considere oportunas.