Dirección de la Empresa Familiar
Intervención de clausura en el Curso: Retos de la Dirección de la Empresa Familiar, realizado en la Universidad Miguel Hernández.
Omar Lazreg Mas, Manuel López Marcos
4/24/20264 min read


Una realidad apasionante que la sociedad apenas conoce
La empresa familiar es, sin exageración, el pilar silencioso sobre el que se sostiene la economía española. No se trata de pequeños negocios de barrio ni de estructuras obsoletas: hablando de empresa familiar hablamos de grupos multinacionales, de marcas globales, de generaciones enteras que han construido riqueza, empleo e identidad territorial a lo largo de décadas. Y sin embargo, permanece como una gran desconocida para buena parte de la sociedad y, lo que resulta aún más llamativo, también para muchos de quienes están llamados a dirigirla en el futuro.
Ese es precisamente el vacío que lleva más de dos décadas cubriendo la Asociación de la Empresa Familiar de Alicante (AEFA) a través de sus Cátedras universitarias: acercar a los estudiantes una realidad que no se aprende en los manuales convencionales de administración de empresas, sino en el contacto directo con quienes la han vivido, sufrido y transformado desde dentro. El 94% de las empresas en la provincia de Alicante son familiares, y el dato no dista mucho a nivel nacional.
Sin más, les dejo con la intervención de clausura realizada por Manuel y un servidor.
Intervención de clausura
Autoridades que presiden esta mesa: don Agustín Mingorance, don Juan Llopis, doña Maite Antón, doña Francis Carbonell, don Vicente Sabater y, por supuesto, directores, profesores, empresarios y compañeros que nos acompañan hoy. Buenas tardes a todos.
Es un verdadero honor para mí tomar la palabra en nombre de los alumnos para clausurar esta vigésimo segunda edición del curso Retos de la dirección de la Empresa Familiar. Lo primero que queremos hacer es dar las gracias. Gracias a la Universidad de Alicante, a la Universidad Miguel Hernández, a la Asociación de la Empresa Familiar de Alicante y a la Cátedra Manuel Peláez Castillo por hacer posible este espacio de encuentro y por acercarnos a una realidad apasionante, pero que, para la gran mayoría de la sociedad, sigue siendo una gran desconocida.
Durante estas semanas de inmersión, donde el clima cercano en el aula nos ha permitido debatir, hacer preguntas continuamente y aprender los unos de los otros, han surgido muchas cuestiones. Pero hay una en particular que resuena en la cabeza de muchos: ¿Estaré preparado para continuar con el legado familiar?
Hemos visto que integrarse en la empresa no es solo recibir unas acciones; es recibir una historia y unos zapatos que, a menudo, nos parecen demasiado grandes. Y gracias a las experiencias que hemos escuchado, hemos relativizado esos miedos tan lógicos: el miedo a no estar a la altura, a equivocarnos o a no saber gestionar aquello que con tanto esfuerzo construyeron nuestros padres o abuelos.
Pero frente a ese peso de la responsabilidad, este programa nos ha dado un enfoque clave: la actitud emprendedora. Sabemos perfectamente que crear una empresa desde cero, de la nada, es el paso más difícil. Es un salto al vacío inmenso, y ese es un mérito infinito e indiscutible de las generaciones fundadoras. Sin embargo, asumir el relevo exige su propio tipo de valentía.
Nos exige entender que continuar un legado no significa petrificarlo, inmovilizarlo.
A lo largo del curso, hemos aprendido de la mano de esos mismos herederos empresarios que hay que atreverse a pensar fuera de la caja, a innovar a pesar de que a veces parezca imposible, y a tener la audacia de cuestionar el famoso «siempre se ha hecho así».
Mantener vivo el espíritu emprendedor que caracterizó a los fundadores dentro de la empresa familiar es vital para que el proyecto crezca y se adapte a un entorno cada vez más cambiante.
Y para llevar a cabo ese propósito, es completamente necesario entender ese complejo equilibrio donde confluyen la lógica de los negocios y los lazos de familia.
Y es que cuando pensamos en un curso sobre dirección de empresas familiares, es fácil imaginar conceptos y teorías. Pero si algo ha caracterizado este programa ha sido precisamente lo contrario: su vocación de salir del papel y acercarse a la realidad.
Durante estas semanas hemos intentado romper una barrera que a veces parece inevitable: la que separa la teoría de la práctica. Porque dirigir una empresa familiar no se aprende solo en un aula. Se aprende escuchando experiencias reales, entendiendo decisiones difíciles y viendo cómo funcionan las empresas en la realidad, donde los problemas no vienen ordenados.
Y si hay algo que hace especialmente compleja —y fascinante— a la empresa familiar es la convivencia de dos mundos que no siempre hablan el mismo idioma: la familia y la empresa. Dos espacios con emociones, intereses y responsabilidades distintas que, sin embargo, deben encontrar equilibrio para que el proyecto común pueda perdurar.
Por eso el curso ha abordado una gran diversidad de temas que influyen directamente en esa realidad: desde la organización patrimonial o el gobierno de la empresa hasta aspectos tan decisivos como la comunicación o la inteligencia emocional. Porque gestionar una empresa familiar no es sólo gestionar recursos; es también gestionar relaciones, expectativas y legado.
Pero quizá uno de los mayores valores de esta experiencia ha sido el contacto con personas que tienen mucho que enseñar. Profesionales, empresarios y expertos que han compartido su experiencia con generosidad y que, muy probablemente, muchos de nosotros no habríamos tenido la oportunidad de conocer de otra manera.
Si algo nos llevamos hoy, además de conocimientos, es precisamente esa conexión con la realidad: la conciencia de que detrás de cada empresa familiar hay historia, decisiones complejas y, sobre todo, personas.
Y eso es, probablemente, lo que hace que dirigir una empresa familiar sea no solo un reto empresarial, sino también un reto profundamente humano.
Muchas gracias.


